Lulú vive con un gato albino y un perro epiléptico.
El gato entra y sale a su antojo. Sólo hace acto de presencia para dormir y exigir comida y caricias. Da vueltas alrededor de Lulú ronroneando y maullando insistentemente hasta que consigue lo que quiere. Y vuelve a desaparecer durante horas. Lulú sabe que es su gato porque recuerda haberle puesto un nombre, pero nada más les une. Si alguno de los dos ya no estuviera, el otro no sufriría...
El perro no puede excitarse ni tener sobresaltos (algo harto difícil ya que es un miedica); eso le mataría. Sale poco a la calle y no puede jugar ni correr. Es un perro aburrido. Nunca defendería a Lulú. Además, padece sobrepeso porque engulle todo lo que encuentra; es imposible frenarle ante la comida.
En realidad, Lulú vive sola.
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