El hombre-gato ha conseguido escaparse de su cautiverio.
Al principio se siente desorientado, pero de repente echa a correr y enseguida encuentra un rastro, un olor conocido.
Ya no busca refugio para la lluvia, aunque está hambriento no se detiene por comida. No le dan miedo los ladridos. Se concentra únicamente en no perderse de nuevo.
Muy deprisa recorre los tejados que le separan de su objetivo. Atraviesa patios, sube escaleras, se desliza entre los recovecos. Se siente desfallecer pero no baja su ritmo, no piensa dejar de correr.
En su hocico, el olor cada vez es más intenso, sus orejas empiezan a reconocer ciertos sonidos, sus ojos pueden ver la luz, sus patas sienten el calor...
Atraviesa una ventana y por fin puede descansar.
El hombre-gato ha vuelto a mi cama.
sábado, 2 de enero de 2010
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