Nunca lo había leído, ni había visto las películas, pero Murakami me lo puso en bandeja cuando, de repente, encontré un libro suyo: "El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas". Por supuesto, antes de empezar, tenía que conocer los precedentes, y el capítulo 7: "Una merienda de locos" es estrambótico; una maravilla caótica.
"La mesa estaba puesta delante de la casa, bajo un árbol, y la Liebre de Marzo y el Sombrerero tomaban el té. Entre ellos había un Lirón profundamente dormido, sobre el cual apoyaban los codos, a modo de cojín, y hablaban por encima de su cabeza. [...]
Aunque la mesa era grande, los tres se apretujaban en uno de los extremos.
- ¡No hay sitio! ¡No hay sitio! - exclamaron al ver llegar a Alicia.
- ¡Hay sitio de sobra! - dijo Alicia indignada, y se sentó en un gran sillón, en un extremo de la mesa.
- Sírvete algo de vino - le invitó la Liebre de Marzo.
Alicia, por más que buscó, no vio en toda la mesa otra cosa que té. [...]
El Sombrerero fue el primero en romper el silencio.
- ¿Qué día del mes es hoy? - dijo, volviéndose a Alicia: había sacado del bolsillo el reloj y lo miraba con inquietud, agitándolo a cada momento y llevándoselo al oído.
Alicia reflexionó un poco y dijo:
- Cuatro.
- ¡Dos días de retraso! - suspiró el Sombrerero -. ¡Ya te dije que no iría bien la mantequilla a la maquinaria! - añadió, mirando con enojo a la Liebre de Marzo.
- Era mantequilla de la mejor - replicó esta con humildad.
- Sí, pero tendría algunas migas dentro - gruñó el Sombrerero -. No debiste ponerla con el cuchillo del pan." [...]
"La mesa estaba puesta delante de la casa, bajo un árbol, y la Liebre de Marzo y el Sombrerero tomaban el té. Entre ellos había un Lirón profundamente dormido, sobre el cual apoyaban los codos, a modo de cojín, y hablaban por encima de su cabeza. [...]
Aunque la mesa era grande, los tres se apretujaban en uno de los extremos.
- ¡No hay sitio! ¡No hay sitio! - exclamaron al ver llegar a Alicia.
- ¡Hay sitio de sobra! - dijo Alicia indignada, y se sentó en un gran sillón, en un extremo de la mesa.
- Sírvete algo de vino - le invitó la Liebre de Marzo.
Alicia, por más que buscó, no vio en toda la mesa otra cosa que té. [...]
El Sombrerero fue el primero en romper el silencio.
- ¿Qué día del mes es hoy? - dijo, volviéndose a Alicia: había sacado del bolsillo el reloj y lo miraba con inquietud, agitándolo a cada momento y llevándoselo al oído.
Alicia reflexionó un poco y dijo:
- Cuatro.
- ¡Dos días de retraso! - suspiró el Sombrerero -. ¡Ya te dije que no iría bien la mantequilla a la maquinaria! - añadió, mirando con enojo a la Liebre de Marzo.
- Era mantequilla de la mejor - replicó esta con humildad.
- Sí, pero tendría algunas migas dentro - gruñó el Sombrerero -. No debiste ponerla con el cuchillo del pan." [...]
Lewis Carroll

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