Para conseguir que no estuviera siempre
tan serio, le hacían muchos regalos. El príncipe daba las gracias de corazón,
pero era incapaz de sonreir. Su regalo preferido era un unicornio que le
entregó su hada madrina. Juntos recorrían el reino entero.
Un día se encontró una princesa muy
guapa y bondadosa. El príncipe se enamoró de ella y le pidió que diera un paseo
con él y su unicornio hasta la casa de dulces que estaba en el monte. El
príncipe había descubierto esta casa un día mientras cabalgaba.
Cuando llegaron allí, aparecieron los
dueños de la casa en un carro lleno de paja. Les invitaron a comer y aceptaron.
Los dos hombres contaban muchos chistes, pero el príncipe no se reía.
Horas más tarde oscureció, y el
príncipe y la princesa decidieron volver al castillo. Por el camino se
encontraron con unos fantasmas que se reían mientras los iban rodeando, hasta
que los cogieron y los ataron con unas cuerdas. Pero el príncipe fue listo y
con su espada rompió la cuerda y huyeron en el unicornio. Los fantasmas se
echaron a llorar cuando vieron que se les escapaban.
Como no veían bien, tropezaban en las
piedras y rodaban por el suelo. La princesa pudo ver una leve sonrisa en la
cara del príncipe y se sintió feliz, pero no del todo porque a ella le gustaría
que estuviera siempre alegre y no parara de reir.
Más adelante se encontraron con un hada
madrina y la princesa le preguntó:
-
¿Puedes hacer algo para que el
príncipe pueda reir?
El
hada respondió:
-
Puedo hechizarle, pero no durará
mucho.
Entonces
el hada le echó el conjuro, el príncipe y la princesa le
dieron las gracias y
se fueron. Pasado un rato dejó de sonreir y se le pasó el conjuro.
Luego se fueron a dormir. La princesa
soñó que su hada madrina le decía lo que tenía que hacer para que el príncipe
riera: tenía que conseguir las lágrimas del unicornio y echárselas en un vaso
para que se las bebiese.
Al día siguiente, la princesa le llevó
al unicornio una cebolla, la partió y se la puso en el hocico. Así, empezó a
llorar y la princesa recogió las lágrimas con un bote y se las llevó al
príncipe, que se las bebió. Cuando lo hizo, le entró un dolor de barriga
terrible.
Lo que pasó fue que empezó a reírse
tanto que le dolía la barriga. No podía parar porque se estaba riendo por todos
los años que no se había reído.
El príncipe y la princesa se casaron y
tuvieron hijos sonrientes.
Y colorín colorado, este cuento se ha
acabado.
Alumnos de 3º y 4º
Curso 11/12
CEIP. Ntra. Sra. de Flores
Bodonal de la Sierra

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